Archivo de mayo 2015

Cuando La Vida Nos Avisa

El domingo pasado salí a almorzar al barrio de Villa Urquiza. Me gusta comer afuera los domingos, aunque es un gusto que rara vez me doy. La elección de turno fue una linda parrilla, bien familiar, de esas que funcionan siempre a tope, de las que no conocen de crisis, recesión o conceptos parecidos. Bien ganado lo tienen porque te atienden muy bien y te alimentan aún mejor.
 
El local estaba repleto, lleno de gente charlando sobre los temas más variados. Detrás de mi mesa, una familia discutía acaloradamente sobre el partido político dominante en Escocia. Sin dudas, un tópico infrecuente por estas latitudes, pero esa diversidad temática forma parte del encanto de los encuentros familiares.
 
Todo transcurría con normalidad hasta que, súbitamente, la conversación se apagó y sentí movimientos detrás de mí, lo que me tentó a darme vuelta para ver qué había ocurrido. Los integrantes de la mesa “escocesa” se habían acercado a la cabecera y hablaban a quien parecía ser el abuelo, un señor muy mayor que estaba blanco como un papel y que tenía el mentón pegado al pecho. Había sufrido algún tipo de descompensación y no reaccionaba.
 
Rápidamente ofrecí llamar al 911 pero no aceptaron mi oferta, respondiéndome que uno de ellos era médico. Y se notaba que así era porque, con una calma que contrastaba con el ritmo de la conversación política que precedió, acostaron al abuelo, levantaron sus piernas y su cabeza y en pocos minutos el señor recobró el conocimiento.
 
Fue inevitable que todos los comensales viráramos nuestra conversación a temas como “la importancia de tener conocimientos sobre primeros auxilios”, “la calma que habían demostrado los familiares”, “la pericia del médico de la familia”. ¡Estábamos en presencia de un héroe!
 
Pero algo llamó mi atención: en cuanto el abuelo se recuperó y pudieron volverlo a sentar, la familia se reacomodó en sus lugares y continuó con su charla política, mientras degustaban exuberantes cantidades de achuras, cortes de carne y papas fritas provenzal. “¿No se lo van a llevar?” le pregunté a mi esposa. No me correspondía a mí opinar ni juzgar; era evidente que ellos sabían muy bien lo que hacían.
 
Sin embargo, no habían pasado quince minutos cuando la escena se repitió, sólo que esta vez acompañada de espuma saliendo de la boca del abuelo. Procedieron de igual manera y, aunque esta vez con mayor dificultad, volvieron a conseguir que recobre el conocimiento. Cuando todo había pasado, esta vez sí decidieron retirarse del restaurant.
 
Esta incómoda situación, que inevitablemente tiñó mi almuerzo dominguero, me hizo reflexionar sobre cuántas veces la vida nos da avisos y nosotros optamos por mirar hacia otro lado. No sólo en relación a cuestiones de salud, sino en lo referente a nuestras relaciones personales o a los desafíos profesionales que enfrentamos, nos la pasamos recibiendo anuncios, llamados de atención que muchas veces desatentemos.
 
A veces por tener la cabeza en mil lugares al mismo tiempo, a veces por distracción, a veces por soberbia y otras, por qué no reconócelo, por miedo, ignoramos los mensajes que la vida nos envía. Los tomamos como sucesos aislados, como “simples coincidencias” y no como señales concretas de que necesitamos tomar decisiones y actuar con arreglo a ellas.
 
Mi almuerzo del domingo me recordó que eventualmente todos hemos caído en esta trampa. Y aunque esta vez le sucedió “al vecino” de la mesa de al lado, podría haberme pasado (o estar pasándome) a mí. O a alguno de ustedes.
 
Por eso, me gustaría invitarlos a que estén atentos a los pequeños mensajes que reciben todos los días. Tal vez muchos de ellos no sean la diferencia entre la vida o la muerte, como le ocurrió a este señor, pero algunas de las decisiones que tomemos, cuando lo hagamos, pueden representar un punto de inflexión, el comienzo de algo grande. Lo importante es estar despiertos, prestar atención porque la vida, indefectiblemente, nos avisa.
 
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