Ideas & Pensamientos

Cuando La Vida Nos Avisa

El domingo pasado salí a almorzar al barrio de Villa Urquiza. Me gusta comer afuera los domingos, aunque es un gusto que rara vez me doy. La elección de turno fue una linda parrilla, bien familiar, de esas que funcionan siempre a tope, de las que no conocen de crisis, recesión o conceptos parecidos. Bien ganado lo tienen porque te atienden muy bien y te alimentan aún mejor.
 
El local estaba repleto, lleno de gente charlando sobre los temas más variados. Detrás de mi mesa, una familia discutía acaloradamente sobre el partido político dominante en Escocia. Sin dudas, un tópico infrecuente por estas latitudes, pero esa diversidad temática forma parte del encanto de los encuentros familiares.
 
Todo transcurría con normalidad hasta que, súbitamente, la conversación se apagó y sentí movimientos detrás de mí, lo que me tentó a darme vuelta para ver qué había ocurrido. Los integrantes de la mesa “escocesa” se habían acercado a la cabecera y hablaban a quien parecía ser el abuelo, un señor muy mayor que estaba blanco como un papel y que tenía el mentón pegado al pecho. Había sufrido algún tipo de descompensación y no reaccionaba.
 
Rápidamente ofrecí llamar al 911 pero no aceptaron mi oferta, respondiéndome que uno de ellos era médico. Y se notaba que así era porque, con una calma que contrastaba con el ritmo de la conversación política que precedió, acostaron al abuelo, levantaron sus piernas y su cabeza y en pocos minutos el señor recobró el conocimiento.
 
Fue inevitable que todos los comensales viráramos nuestra conversación a temas como “la importancia de tener conocimientos sobre primeros auxilios”, “la calma que habían demostrado los familiares”, “la pericia del médico de la familia”. ¡Estábamos en presencia de un héroe!
 
Pero algo llamó mi atención: en cuanto el abuelo se recuperó y pudieron volverlo a sentar, la familia se reacomodó en sus lugares y continuó con su charla política, mientras degustaban exuberantes cantidades de achuras, cortes de carne y papas fritas provenzal. “¿No se lo van a llevar?” le pregunté a mi esposa. No me correspondía a mí opinar ni juzgar; era evidente que ellos sabían muy bien lo que hacían.
 
Sin embargo, no habían pasado quince minutos cuando la escena se repitió, sólo que esta vez acompañada de espuma saliendo de la boca del abuelo. Procedieron de igual manera y, aunque esta vez con mayor dificultad, volvieron a conseguir que recobre el conocimiento. Cuando todo había pasado, esta vez sí decidieron retirarse del restaurant.
 
Esta incómoda situación, que inevitablemente tiñó mi almuerzo dominguero, me hizo reflexionar sobre cuántas veces la vida nos da avisos y nosotros optamos por mirar hacia otro lado. No sólo en relación a cuestiones de salud, sino en lo referente a nuestras relaciones personales o a los desafíos profesionales que enfrentamos, nos la pasamos recibiendo anuncios, llamados de atención que muchas veces desatentemos.
 
A veces por tener la cabeza en mil lugares al mismo tiempo, a veces por distracción, a veces por soberbia y otras, por qué no reconócelo, por miedo, ignoramos los mensajes que la vida nos envía. Los tomamos como sucesos aislados, como “simples coincidencias” y no como señales concretas de que necesitamos tomar decisiones y actuar con arreglo a ellas.
 
Mi almuerzo del domingo me recordó que eventualmente todos hemos caído en esta trampa. Y aunque esta vez le sucedió “al vecino” de la mesa de al lado, podría haberme pasado (o estar pasándome) a mí. O a alguno de ustedes.
 
Por eso, me gustaría invitarlos a que estén atentos a los pequeños mensajes que reciben todos los días. Tal vez muchos de ellos no sean la diferencia entre la vida o la muerte, como le ocurrió a este señor, pero algunas de las decisiones que tomemos, cuando lo hagamos, pueden representar un punto de inflexión, el comienzo de algo grande. Lo importante es estar despiertos, prestar atención porque la vida, indefectiblemente, nos avisa.
 
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El Bambú Japonés

Compartimos un excelente video acerca del camino de crecimiento que, en muchas ocasiones, necesitamos transitar para alcanzar nuestros objetivos. En él se hace una analogía con el ciclo de cultivo del bambú japonés.
 


 
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Una Filosofía del Éxito más Benévola y Moderada

Para comenzar esta semana, nos gustaría compartir esta disruptiva charla TED del filósofo suizo Alain de Botton, en la que analiza el concepto de “éxito” y nos ofrece una visión del mismo más benévola y moderada que la que generalmente adoptamos.
 
¡Esperamos que la disfruten tanto como nosotros!
 


 
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¿Por Qué Aprender Otro Idioma?

Mi recuerdo más lejano en relación al estudio otro idioma se remonta al año 1986, cuando tenía sólo cuatro años. Recuerdo estar caminando con mi mamá por la calle Helguera, mientras me llevaba al jardín de infantes, y plantearle con toda convicción que al año siguiente abandonaría el colegio porque en preescolar enseñaban Inglés… y yo no quería aprender Inglés. “No quiero”, esa frase tan común que en el idioma de los chicos (y de algunos adultos también) significa “tengo miedo” pero que nos permite sentir que salvamos nuestro orgullo.
 
El detalle de lo que me respondió mi mamá no resulta relevante para esta historia pero, como podía preverse, al año siguiente cursé el prescolar y atravesé todas las instancias educativas hasta convertirme en un universitario. Y entre todos esos años de estudio, también aprendí a manejar el idioma Inglés.
 
Existen miles de razones para aprender otro idioma, todas ellas válidas según sean nuestros intereses en la vida:
 

  • Nos permite abrirnos al mundo.
  • Podemos viajar y comunicarnos mejor.
  • Nos resultará más simple entender películas y canciones.
  • Nos abrirá la posibilidad de hacer negocios a nivel internacional.
  • Aprovecharemos mejor Internet.
  • Etc, etc, etc.

 
No obstante, me permito opinar que la mejor y más válida razón para estudiar otro idioma la ofreció el cineasta italiano Federico Fellini: “Una lengua diferente es una visión diferente de la vida”. En otros términos: otros idiomas nos permiten pensar y actuar de otra forma.
 
Me gustaría compartir una historia real que sustenta esta teoría:
 
Personalmente, disfruto mucho leer libros que, en las librerías de la Argentina, figuran bajo la categoría de Autoayuda. Son muchos los que leí y de temas verdaderamente variados. Uno de ellos, que recomiendo toda vez que puedo, se llama El Vendedor Más Grande del Mundo, de Og Mandino. Mi primer contacto con este libro se dio cuando tenía 18 años y, luego de compartir sus enseñanzas con un amigo, él también decidió comenzar a leerlo.
 
Un día, mientras mi amigo estaba en la facultad, alguien vio que tenía el libro en su mochila y, según me contó, se burló de él por estar leyendo una obra de “autoayuda”. Para no hacer larga esta historia, sus hojas alimentaron el fuego del asado del domingo posterior.
 
Afrontémoslo: a nadie le gusta reconocer (y menos públicamente) que necesita ayuda. Hay que ser muy valiente para hacerlo. No conozco a nadie que se detenga durante mucho tiempo frente a la sección de Autoayuda de una librería. Pero esta no es una reflexión sobre el orgullo humano, sino sobre las razones para aprender otro idioma, y acá está la trampa en esta historia:
 
Muchos de los libros que encontramos en la sección de Autoayuda en las librerías más conocidas de la Argentina también pueden comprarse por Internet en casas como Barnes & Noble. Pero llamativamente, figuran bajo otra categoría sutilmente distinta: Self-improvement, que en castellano se podría traducir como “Mejora Personal”. ¡Qué distinto que suena! ¿No?
 
Resulta entonces que dos personas que leen un mismo libro pueden ser etiquetadas como “alguien deseoso de mejorar”, en el caso que su idioma sea el Inglés, o “alguien que necesita ayuda”, si su idioma es el castellano. Pero lo importante no es lo que otros piensen de nosotros… lo importante es nuestra propia visión sobre quiénes somos. Y aún así, no se siente lo mismo cuando deseamos mejorar y progresar que cuando necesitamos recibir ayuda. ¿Qué determinó el desenlace de esta anécdota? Solamente el idioma que se utilizó para categorizar al libro.
 
Ahora se entiende lo que quería decir Fellini. Hablar otra lengua es pensar de otra manera y, como consecuencia de ello, actuamos y nos sentimos de otra manera. Es, literalmente, otra visión de la vida.
 
¿Lleva mucho tiempo? No hay dudas, como casi todo lo que deseemos aprender. ¿Cuesta dinero? Nada es gratis en esta vida, aunque es cada vez más fácil acceder a opciones económicas. Pero les puedo asegurar que el costo que paguemos, ya sea en términos de tiempo o dinero, será insignificante en comparación a los beneficios que obtendremos al tomar esta decisión. ¡Anímense a estudiar otro idioma y se abrirá ante ustedes un nuevo mundo de posibilidades!
 
Breve aprendizaje personal: a veces los padres tienen razón cuando te dicen “¡Hacé lo que te digo! Es por tu propio bien”. Gracias, Má.
 
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Hazañas vs. Éxito

 
Las hazañas no son buenas para el éxito.
 

 
La frase que abre este post tiene como autor a Agustín Pichot, excapitán de los Pumas (seleccionado argentino de rugby) y gran referente de liderazgo en el ámbito deportivo.
 
Desde mi punto de vista, esas ocho palabras resumen el secreto para tener éxito en cualquier ámbito de la vida. Generalmente, muchas personas tienen la bienintencionada pero equivocada tendencia a poner todos sus esfuerzos en concretar un gran acierto con la ilusión de que dicho logro sea el empujón definitivo que su vida necesita para despegar hacia el cumplimiento de sus sueños y objetivos. ¿Cuántas veces nos “inmolamos” por un proyecto “crucial” que finalmente no demuestra consecuencias alineadas con nuestras optimistas expectativas?
 
Pero precisamente lo que nos dice Pichot demuestra que para alcanzar el éxito en cualquier ámbito de nuestras vidas, lo que necesitamos no son grandes hazañas, sino pequeños aciertos repetidos, que nos permitan edificar ese éxito sobre bases sólidas. Pensemos en lo que significa, por ejemplo, graduarse en una carrera universitaria. Quien lo ha hecho sabe perfectamente que, con independencia de la facilidad o dificultad con la que haya atravesado sus años de estudio, una cualidad de la que no pudo prescindir fue la persistencia. Lo mismo ocurre en el plano sentimental. Las parejas que logran convivir felizmente durante muchos años lo consiguen, en parte, gracias a un sinfín de actos de paciencia y tolerancia que volverían aburrida a la mejor película del corazón. Y exactamente el mismo concepto aplica al ámbito de los negocios.
 
El éxito en el plano laboral no se consigue como resultado de un gran acierto o un “golpe de suerte”. La suerte se construye. Se construye dando siempre lo mejor de sí. Se construye equivocándose y aprendiendo de los errores para no repetirlos. Se construye siendo coherentes con los valores que pregonamos aún en los tiempos difíciles. Seguramente no podremos ver en forma inmediata los resultados de actuar de este modo y muchas veces seremos presas de la desesperación y el desánimo, pero estén seguro que si se mantienen firmes en construir pequeños triunfos día a día, como dice Robin Sharma: “Las pequeñas ondas diarias de excelencia, con el tiempo, se convierten en un tsunami de éxito”.
 
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Gestión Del Desempeño: La Verdad Está “En El Medio”

La Gestión del Desempeño es, tal vez, el tema que más ha ocupado la atención en mi vida profesional dedicada a los Recursos Humanos. Y cuanto más profundizo en él, más me convenzo que es el “alma” de toda organización exitosa.
 
Lo que digo no busca desmerecer a otros recursos del mundo empresario. Por el contrario, todos cumplen un rol importante, en la medida que se los utilice con profesionalismo y sensatez.
 
Pero lo que quiero significar es que el buen desempeño de las personas es la clave más importante de todo emprendimiento humano.
 
Las organizaciones definen estrategias, esas estrategias devienen en objetivos y esos objetivos se logran sólo por la acción humana que, aplicando sus talentos individuales y colectivos, transforman la realidad.
 
Ahora bien, tomando en cuenta estas premisas y yendo a la realidad del día a día, observo que de las tres partes de la Gestión del Desempeño: a) fijación de expectativas (sobre resultados y competencias) b) los 365 días del año y c) la evaluación (incluida la entrevista de fin del período), los líderes en mayor o menor medida “cumplen” con la a) y la c) y en general aplican pocas energías en la del “medio”… la b). Y es por eso que los resultados no alcanzan en general el nivel que podrían haber alcanzado…
 
Fijar expectativas claras está muy bien, y así debe ser; evaluar y hacer una devolución a los evaluados está muy bien también, pero ¿Qué pasa durante los 365 días? En general trabajamos a todo vapor, no tenemos tiempo que perder ni tiempo para conversar… Y allí está la gran “trampa”.
 
Toda persona que trabaja necesita, durante ese período anual, recibir un feedback constante que le permita ver cómo va transitando su camino, necesita ejercer su reflexión para superar los obstáculos y ganar confianza, necesita ser asistida tan pronto como su rumbo empieza a desviarse, necesita ser alentada…
 
Y todo eso necesita de los líderes una clara conciencia de su rol, una alta vocación de servicio, una inversión de tiempo y una alta competencia (feedback y resolución de problemas entre otros) Todos esos principios, conceptos y habilidades conforman los que genéricamente llamamos “El coaching para el desempeño”. Su ejercicio, cuando se hace “carne” en quienes tienen por función obtener resultados a través de otros, hace que los resultados extraordinarios (lo máximo que una persona o equipo pueden dar) se conviertan en algo normal y habitual.
 
Es de esta manera como se logra dar prestigio a la Gestión del Desempeño como proceso que apunta efectivamente a los resultados y al desarrollo de las personas sacando de las mismas toda su potencialidad, en lugar de convertirla en algo muchas veces mecánico y no exenta de conflictividad y descrédito.
 
Como casi todo en la vida, la verdad está en el medio
 
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El Significado Del Trabajo

Compartimos esta excelente charla TED de Dan Ariely sobre cuán importante es encontrar significado en nuestro trabajo. La misma fue realizada en Octubre de 2012 en TEDx Río de La Plata. ¡Esperamos que la disfruten!
 
¡RECUERDEN ACTIVAR LOS SUBTITULOS EN ESPAÑOL!
 


 
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Ampliando El Umbral De La Frustración

Sin lugar a dudas, una de las competencias más importantes que puede tener toda persona en su camino al éxito es la tolerancia a la frustración. Su importancia, incluso, crece exponencialmente cuando nos referimos a quienes llevan adelante su propio proyecto emprendedor. Es esta capacidad de resistir la infinidad de contratiempos que aparecen en nuestro camino lo que, en muchos casos, termina separando a aquellos que triunfaron de quienes quedaron por el camino.
 
Sin embargo, la frustración suele enfrentarse desde un enfoque netamente emocional lo que, a mi entender, conlleva un desgaste y un consumo de energía evitables. Cuando recibimos un “no” tras otro, la actitud más usual es la de hacer un breve luto, procurando que se extienda lo menos posible, y hacer uso urgente del inflador anímico para volver a intentarlo hasta que recibamos nuestro tan ansiado “sí”. Como dijera anteriormente, nada tiene esto de malo, pero hay una forma más efectiva que la emoción de ampliar nuestro umbral de la frustración: la razón.
 
Y para ello sale a nuestro auxilio lo que se conoce como la Ley de la Difusión de las Innovaciones. Consideramos que todo proyecto que encaremos será visto por los demás como una innovación, ya que aun cuando nuestra oferta adolezca de todo indicio de creatividad, nuestra aparición nos posiciona automáticamente como los “nuevos jugadores del mercado”, la nueva figurita que nadie conoce y de quien nadie tiene referencias. Pensemos en una nueva cafetería, entre las miles que hay en la ciudad, o para poner un ejemplo más cercano al tema que nos congrega: una nueva consultora en Recursos Humanos… sí, una más.
 
¿Por qué alguien debería contratarnos si no somos más que otro oferente dentro de un mercado superpoblado? ¿Porque somos distintos, mejores? ¿Porque somos serios y profesionales? Todo esto puede ser cierto, pero no más cierto que el hecho de que a nadie le consta, porque nadie nos conoce. Ante un escenario así… ¿quién podría no sentirse frustrado? Desde lo emocional, sería muy difícil no caer en ese sentimiento tan incómodo… pero desde el punto de vista de la razón, existe una explicación.
 
La Ley de la Difusión de las Innovaciones nos plantea que cuando cualquier sujeto toma conocimiento de una innovación, tiene la posibilidad de aceptarla o rechazarla. Pero que esto suceda, y acá es donde esta ley plantea su maravilloso aporte, no radica en la innovación en sí, sino en el sujeto. Es importante entonces distinguir entre los individuos que aceptan las innovaciones en los primeros instantes de su introducción (denominados “innovadores” o early adopters) y los que aceptan la innovación en las etapas posteriores (denominados “seguidores” o later adopters). Todos somos innovadores o seguidores, dependiendo del dominio al que nos refiramos. Una persona puede ser innovadora en lo que a indumentaria se refiere y seguidora en lo que hace a la adopción de nuevas tecnologías. De esta manera, podemos determinar que para cada dominio, la tendencia a aceptar las innovaciones se distribuye de la siguiente forma:
 
Diffusion of Innovations
 
Este gráfico nos explica que de entre todo el público que tenga acceso a nuestra innovación (léase, todo el público que tome conocimiento de nuestra existencia, en el caso de un nuevo emprendimiento), solamente el 2,5% se atreverá a probarnos sin tener una referencia de nuestros antecedentes… se animarán a probarnos sólo por el hecho de innovar. Pero repetimos que esto nada tiene que ver con nosotros, sino con ellos mismos. Innovar y probar cosas nuevas está mucho más vinculado a su impronta personal que a nuestra propuesta. Puesto en otros términos, estadísticamente menos de 3 potenciales clientes de cada 100 que visitemos se animarán a probarnos sin tener antes una mínima referencia de nuestros antecedentes. ¿A algún emprendedor le resulta familiar esta situación?
 
Una vez que los Innovadores nos prueben y nuestro servicio satisfaga sus expectativas, comenzará a circular tímidamente el rumor de que somos buenos en lo nuestro, y será en ese momento que el siguiente estrato de la población, ese 13,5% denominado Primeros Seguidores, nos darán su voto de confianza. Y solamente en la medida que logremos también satisfacer a este 13,5% de la población, podremos aspirar a lograr una aceptación masiva de nuestra idea o proyecto.
 
Por lo tanto, pretender a ser aceptados a gran escala sin haber sido previamente aceptados por el 16% del mercado que constituyen los Innovadores y los Primeros Seguidores, es algo así como querer aprender a correr sin haber antes aprendido a gatear y caminar.
 
Se dice que uno de los principales causantes de frustración es la incorrecta fijación de expectativas. Por lo tanto, si logramos entender el racional oculto detrás de la aceptación de toda innovación, lograremos plantearnos expectativas mucho más realistas y podremos, sin dudas, ampliar nuestra tolerancia a la frustración de un modo menos emocional y seguramente mucho más tranquilizador.
 
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¿Tienen Valor Los Valores?

Quienes trabajamos en organizaciones o tenemos una formación vinculada a lo empresarial estamos bastante familiarizados con el concepto de Valores. A lo largo de mi trayectoria tuve la oportunidad de encontrarme muchas veces con organizaciones en las que se los anunciaba con “bombos y platillos” pero a la hora de llevarlos a la práctica, el “audio” y el “video” carecían de toda sincronía. Me consta que no soy el único que ha sentido esto.
 
Esta situación, sin embargo, se antoja grave cuando la vivimos con demasiada frecuencia ya que termina siendo casi inevitable “perderle el respeto” al concepto de Valor. ¿Cómo voy a creer que son realmente importantes si para lo único que parecen servir es para adornar la cartelera de la compañía? “Nuestra gente es nuestro principal activo”, reza un valor… y la gente es precisamente la primera variable de ajuste cuando las papas queman. “Somos honestos y transparentes con nuestros clientes”, declama otro… y prometemos aquello que no podremos cumplir para concretar una nueva venta y alcanzar el presupuesto. No hay que ser muy sensible para asquearse.
 
Sin embargo, con los años me he fui dando cuenta de que la culpa no es de los Valores, sino de quien no los practica. En realidad, tener Valores es tan, pero tan importante, que identificarlos y respetarlos es la única forma que conozco de vivir en paz con uno mismo. Y esto ya trasciende el ámbito empresarial y pasa a formar parte de la dimensión personal de nuestra vida.
 
Aquel que logra definir sus Valores, aquello que realmente es importante para él y logra aferrarse a ellos sin importar lo que ocurra, es el único que podrá hacer algo trascendente (en la interpretación que cada uno desee darle a este término) con su vida. Los Valores son nuestro porqué, nuestra razón de ser, aquello que nos da seguridad al actuar y aquello que, si traicionamos, nos deja ese sabor amargo difícil de explicar aún en situaciones de éxito. Nadie puede moverle el piso a aquel actúa en base a sus Valores, sea una empresa o un individuo, porque podrá alcanzar sus metas o no, pero independientemente de los resultados obtenidos sabrá que su accionar fue coherente con su sentir y con su visión de lo que está bien, de lo que realmente vale.
 
Y como el lenguaje no es antojadizo, al buscar Valor en el diccionario de la Real Academia Española, entre las varias acepciones del término, encontré la siguiente:
 

Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros, denotando osadía, y hasta desvergüenza.

 
Y es que precisamente de esto se trata. Cuando actuamos en base a nuestros Valores, nada ni nadie nos puede detener. Es más, contrariamente a esto, nuestro ejemplo alentará a los demás a apoyarnos y a darnos ese sustento tan importante que todos necesitamos para cumplir nuestros sueños.
 
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¡El éxito no siempre es lo que se ve!


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Ego


 
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Cómo Los Grandes Líderes Inspiran A La Acción

Compartimos esta maravillosa charla de Simon Sinek en TEDx. Vale cada segundo de duración.
 


 
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Mi Jefe Tiene La Edad De Mi Hijo

Cuando hablamos de Diversidad Generacional, lo más frecuente es que los consultores llenemos hojas y pasemos horas hablando acerca de la Generación Y y los desafíos que trajo aparejada su irrupción en el ámbito laboral.
 
Sin embargo, limitar la “conversación” exclusivamente a lo que ocurre desde que este grupo se incorporó al mercado es, de alguna manera, dejar pasar la posibilidad de analizar otras situaciones que son una realidad en muchas organizaciones. Puntualmente, nos referimos al hecho de que, en no pocos casos, miembros de una de las generaciones “más nuevas” (X y, cada vez más, Y) se encuentran liderando equipos integrados por colaboradores cuyos hijos veían los mismos dibujitos animados que ellos.
 
Aunque a muchos les cueste reconocerlo públicamente, liderar a generaciones mayores puede llegar a ser algo realmente incómodo, sobre todo al principio. Sin embargo, la proliferación de emprendimientos y el ascenso meteórico de algunos jóvenes prometedores ha vuelto de esta circunstancia algo muy frecuente.
 
¿Cómo pueden hacer estos jóvenes líderes para conducir a un equipo con integrantes mucho más experimentados que ellos? Compartimos algunos consejos:
 

  • Respetar la experiencia e incorporarla: si uno desea ganarse el respeto de otra persona, debe ser el primero en mostrar respeto hacia el prójimo. Quienes se encuentren liderando a gente más experimentada deben comprender que es totalmente normal pedirles su ayuda u opinión. De hecho, es también algo muy apreciado. Pero no solo es importante pedir un punto de vista, sino también estar dispuesto a incorporarlo si consideramos que es la solución al asunto que estamos tratando de resolver.
  • No preocuparse por ser visto como un chico: para un Baby Boomer, aún el GenY más maduro será siempre un chico, así como para éste hasta el Baby Boomer con más onda será siempre un anciano (podemos excluir de esta lista a Mick Jagger y a Madonna… creo que a nadie más). Por lo tanto, no hay que tomárselo a pecho y comprender que en la mayoría de los casos, la intención del colaborador no es tratar a su jefe como un chico, sino mostrarle una situación que, de otra forma, aprendería a los golpes.
  • Demostrar que se puede aprender: el problema no es equivocarse. El problema es no querer demostrar que, cuando uno (inevitablemente) se equivoca, pudo capitalizar ese error para no cometerlo nuevamente.
  • No asumir que las cosas son siempre como uno las ve: así como hoy en día todos se están adaptando a la impronta de los jóvenes GenY, es razonable que cuando le toque estar “del otro lado del mostrador” y supervisar a alguien mayor, sea el joven Y (o X) quien deba comprender y adaptarse al estilo e impronta de sus colaboradores.
  • Sacar provecho: que no se malinterprete, no queremos decir “aprovecharse”, sino capitalizar sus virtudes y su experiencia en las situaciones en las que éstas pueden favorecer el cumplimiento de nuestros objetivos. Por lo general, la experiencia vende. A aquel joven líder que le toque supervisar a un vendedor mucho mayor que él, puede resultarle sumamente útil mantener un perfil bajo durante la firma de un contrato importante y dejar que “las canas” de su colaborador concreten el negocio.

 
Esperamos que estos tips les sirvan a todos aquellos que se enfrentan al desafío de conducir a gente de generaciones mayores.
 
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Poder Decir Que “No”


Cuando se estudian cuestiones vinculadas al Coaching (en particular si leímos “La Ontología del Lenguaje”) aprendemos acerca de la declaración del “no” y algunas de las realidades que la misma puede crear. El concepto, en la taoría, se muestra muy romántico, maravilloso, a veces hasta revelador, pero a la hora de llevarlo a la práctica, lo más frecuente es no saber o no poder decirlo.
 
Independientemente de la procedencia de nuestros ancestros, quienes hemos sido criados en culturas con un fuerte sesgo latino, tenemos una particular dificultad para decir que “no” a lo que nos piden. ¿Por qué este simple monosílabo se nos hace tan esquivo? Por una simple y (generalmente) inconsciente razón: deseamos que nos acepten y, si es posible, que nos quieran.
 
Cuando uno le dice que “no” al otro, de algún modo siente que lo está desilusionando o defraudando, cuando en realidad, es sólo una de las posibles respuestas a su pedido. Quien pide algo debería hacerlo bajo la aceptación de que la respuesta que reciba a dicho pedido puede ser afirmativa o negativa. Pero lógico como pueda esto parecer, en los hechos nos cuesta muchísimo negarnos a un pedido… al punto tal que, si tenemos la posibilidad de hacerlo, somos capaces de evitar siquiera responder a ese pedido, con tal de no decir que “no” (¿a alguien le resulta familiar no responder un mail cuya respuesta debería ser un categórico “no”?).
 
Aprender a decir que “no” nos otorga muchísimo poder y credibilidad. Al principio puede resultar poco simpático frente a nuestro interlocutor, pero cuando uno puede fundamentar su negativa con argumentos valederos, terminará obteniendo prestigio y reputación de ser una persona responsable. Imaginemos una típica situación laboral:
 
Me encuentro “tapado” de trabajo, con el tiempo justo para armar una presentación para el día viernes. Un colega, con quien salgo a almorzar a diario y con quien tengo una excelente relación, me pide si le puedo dar una mano para controlar un proyecto que le encomendaron (“cuatro ojos ven más que dos”, es su argumento). En esta oportunidad, realmente carezco del tiempo para ayudarlo, pero no quiero quedar mal con él… si comemos juntos todos los días. Tener que aguantarme su “cara larga” durante los próximos cinco almuerzos…. ¡Qué horror! Entonces le digo que “sí”, que lo voy a ayudar. Su proyecto es mi prioridad número 367.821 en este momento, así que lo veré cuando tenga un ratito… pero ese ratito nunca llega. Quien sí llega, entonces, es mi colega, que ya apremiado para presentar su proyecto me consulta mi opinión sobre el mismo, a lo que necesariamente deberé responderle que no tuve tiempo para dedicarle.
 
¿Qué produje en mi colega? Posiblemente, desilusión, frustración y hasta enojo. Precisamente lo que quería evitar al decirle “sí” a su pedido. Es probable que si oportunamente le hubiera explicado las razones por las que no podía ayudarlo, me hubiera comprendido luego de asimilar el primer impacto de mi negativa. Y hubiéramos quedamos en buenos términos, de todos modos. Ahora mi colega está enojado… pero tiene razones para estarlo.
 
Por eso es tan importante aprender a decir que “no” y queremos compartir 4 pasos simples para lograrlo. No es una fórmula mágica; como todo, requiere práctica. Pero es tan simple que en sólo unos días podemos dominarla por completo, si tenemos la voluntad de hacerlo:

    1. Escuchar atentamente lo que se nos pide.
    2. Decir “no”, si consideramos que es la respuesta que cabe a la situación.
    3. Explicar por qué se dice que “no”.
    4. Proponer otra alternativa.

Si sabemos decir que “no”, cuando consideremos que es lo que corresponde y lo podamos argumentar, evitaremos malos entendidos, frustraciones, enojos y hasta que nos quiten tiempo valioso que desearíamos dedicar a otra cosa. Y si, erróneamente, sentimos que nos dejarán de querer, olvidémonos de eso… el cariño, el amor y el aprecio se fundan en otras cuestiones.
 

 

 

Si Querés Cumplirlo, Escribilo


Existen muchas técnicas que podemos implementar para incrementar nuestra productividad y administrar más eficientemente nuestro tiempo en épocas en las que no contar con este recursos suele ser la regla. Algunas son más simples y otras más profundas, pero pocas nos comprometen tanto con el cumplimiento de un objetivo como el simple y milenario hecho de escribirlo. Dice Robin Sharma: “Las cosas que se agendan, son las cosas que se hacen”. Sí, algo tan simple como escribir un objetivo, anotarlo, dispara de un modo insospechado nuestro nivel de compromiso con su cumplimiento.
 
Podemos valernos de papel y lápiz o de cualquier dispositivo electrónico que usemos con regularidad (smartphone, tablet, notebook, etc). El verdadero valor está en anotarlo en algún lugar al que regresemos con frecuencia, y en generar el hábito de hacerlo.
 
¿Por qué algo tan simple puede tener implicancias tan positivas sobre nuestra productividad? Compartimos algunas de las razones que dan sustento a esta recomendación:
 

  • Apuntar una tarea le otorga inmediatamente un status mayor que el de cualquier otro pensamiento que se cruce por nuestra mente.
  • Registrar una tarea nos ayuda a no olvidarla en medio del bombardeo de información al que estamos expuestos diariamente.
  • El saber que una tarea se encuentra asentada en un lugar confiable y fácilmente identificable (nuestra libreta preferida, nuestro Outlook, etc.) libera nuestra mente de la preocupación de saber que “teníamos algo que hacer” pero no recordar de qué se trataba.
  • Pocas cosas motivan más que tachar una tarea de una lista de pendientes, sabiendo que fue tratada con diligencia.

 
¿Básico? ¿Obvio? Invito al incrédulo a probarlo, pero a probarlo en serio, con compromiso. Anotemos todas las cosas que queremos lograr durante esta semana en un lugar confiable, que no olvidemos. Les aseguro que los resultados los van a sorprender.
 
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