Productividad

¿Cuánta Vida Te Roban Tus Distracciones?

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Desde hace cinco años facilito talleres de Gestión del Tiempo y Productividad Personal. Y desde hace cinco años vengo conociendo cada vez más personas que dicen no tener suficiente tiempo. Estarás pensando… ¿qué otra razón podrían tener para inscribirse en un taller así? Punto para vos, querido lector…
 
Pero te pido que me sigas unas líneas más para que pueda ampliar mi idea: lo que muchas personas no logran ver, antes de participar del taller, es que el tiempo es el mismo para todos: 24 horas. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Eso es lo paradójico de esta situación: nadie parece tener suficiente tiempo y, sin embargo, todos tenemos todo el tiempo que hay.
 
¿Cómo puede ser, entonces, que haya personas que llevan adelante vidas de su agrado y que cumplan sus objetivos, mientras que otras viven corriendo detrás de los pendientes y pasan sus días con la soga al cuello? La respuesta no está en las agujas del reloj (¡qué antigüedad!), sino en el contenido de nuestras horas. A veces, demasiadas veces, no tomamos dimensión de las actividades en las que se nos va la vida. Mirá estos datos:
 

    • En promedio, las personas pasamos 438.000 horas de vigilia durante toda nuestra vida. Si vivimos 75 años y dormimos 8 horas, este es el plazo en que tenemos “control” de nuestras actividades.
    • Según el Global Web Index, en Latinoamérica usamos Internet durante unas 7 horas y 45 minutos diarios (este valor contempla redes sociales, Whatsapp, YouTube, emails, navegar por la web). ¿Querés saber cuánta vida consumís usando Internet? Si empezamos a contar sólo desde la mayoría de edad (no sé si estaré siendo generoso o ingenuo), pasás el 36,81% de tu vida en la red. Leíste bien, más de un tercio de tu vida.
    • ¿Y cuánto tiempo usamos para transportarnos desde y hacia el trabajo? Si vivís en una gran ciudad, no sería descabellado pensar que pases 2 horas diarias en tu auto o en algún otro medio de transporte. Las cuentas son fáciles pero te las voy a ahorrar: 6,25% de la vida, de toda tu vida, transportándote al trabajo.
    “Pero no puedo evitar hacer esas cosas… uso Internet para trabajar y no puedo dejar de transportarme”. Otro punto para vos. ¿Pero cuánta vida te consume media hora diaria de mate o cafecito con tus amigos o colegas? Calculadora en mano… 2,38% de vida.

 
La idea de compatirte estos datos no es demonizar a estas actividades… ninguna de ellas es mala per sé. La idea es invitarte a pensar cuánta vida te roban tus distracciones. ¿Te animarías a calcular cuánta vida le regalás a Netflix?
 
Al final del camino, es todo una cuestión de conciencia. Cuando identifiques con claridad cuál es el costo de cada cosa que hacés, vas a poder evaluar mejor si esa actividad sigue teniendo sentido para vos. Y cuando descartes actividades cuyo precio – medido en vida – sea demasiado caro como para seguir pagando, aparecerán esos ratos libres que antes parecían no existir.
 

Y el primer paso es…

Las personas no podemos manejar el tiempo… corre sin pausa y no podemos detenerlo. Pero hay dos cosas que sí podemos manejar:
 

    • Nuestra energía física.
    • Nuestras tareas.

 
Hoy me gustaría abordar sólo una de las tantas distracciones que dificultan el crecimiento exponencial de nuestra productividad: cómo manejar las interrupciones.
 
Cualquiera que tenga un smartphone o que no trabaje confinado dentro de un búnker antiatómico a 300 metros de profundidad, sabe que las interrupciones son el primer gran enemigo de la productividad. No por nada solemos conseguir nuestro mayor rendimiento a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde… justamente cuando nos quedamos solos en el trabajo. Las interrupciones son inherentes a la interacción humana y, por suerte, existen. ¡Qué aburridos serían nuestros días si no los compartiésemos con otros colegas! Sin embargo, lo que podemos intentar hacer es minimizarlas. Veamos algunas estrategias:
 

    Silenciá todas las notificaciones de tu teléfono y guardalo en un cajón. El mundo no se termina si no respondés ese mensajito que acaba de llegar. Quedate tranquil@… si pasó algo realmente grave o un cliente quiere hacer un negocio de 10 millones de dólares con vos, van a encontrar la manera de ubicarte.
    Aprendé a decir que no. Existe mucho miedo detrás de este monosílabo. Muchas personas sienten tenerlo vedado. Mi recomendación es empezar a usarlo pero con suavidad: 1. escuchá atentamente a tu interlocutor, 2. decile que no, 3. explicale tus razones y 4. proponele una alternativa a su pedido. Te va a sorprender ver que la mayoría de las personas reacciona bien ante este tipo de “nos”. Y recordá que siempre le estás diciendo que no a alguien. Cuando no se lo decís a otro, te lo decís a vos mismo.
    Elegí de qué reuniones participás. ¿Quién no experimentó ese “¿Pero qué estoy haciendo metido acá?” durante una reunión de trabajo? Las reuniones nos permiten pensar juntos, encontrar soluciones creativas y hasta pasarla bien, pero en muchos trabajos se padece del síndrome de la reunionitis. Nos juntamos para hacer seguimiento del seguimiento del seguimiento de eso que dijimos que haríamos pero finalmente no hicimos porque necesitábamos reunirnos para definir qué hacer. Mi sugerencia: averiguá de antemano cuál es la agenda específica y qué se espera de cada participante. Si no están claras, buscá que lo estén o simplemente no asistas.

 
Te invito a poner en práctica estas estrategias y a tomar decisiones más conscientes sobre las actividades a las que les entregás tu tiempo. Porque, como me gusta decir en mis talleres, quien conquista su tiempo, conquista su vida. Y si se trata nuestra única vida… ¿por qué no intentarlo?
 
Si conocés a alguien a quien pueda servirle… ¡compartilo!
 

 

 

Los Logros y el Interés Compuesto

El concepto de interés compuesto es bien conocido por cualquier persona que alguna vez haya hecho una inversión, desde el modesto plazo fijo hasta las más complejas y arriesgadas. En el plano financiero, consiste en capitalizar los intereses de una inversión para que, a largo plazo, la misma resulte cada vez más rentable. Una lógica simple y poderosa que, sin embargo, rara vez aplicamos a otros ámbitos de la vida como el éxito profesional, el bienestar físico o la vida de pareja.
 
Normalmente, cuando nos encontramos con alguien cuyo éxito nos resulta admirable (o, digámoslo en voz baja, envidiable), valoramos únicamente los resultados que obtuvo y recurrimos a toda nuestra creatividad para explicarlos: que tuvo más suerte, que sus circunstancias eran más favorables o que, simplemente, salió más beneficiado en el reparto de talento. Todas razones tranquilizadoras pero, en los hechos comprobables, bastante “flojitas de papeles”.
 
Las apariencias rara vez nos muestran el verdadero entramado que se teje detrás de los acontecimientos y, mucho menos, de los logros. Por lo general, éstos tienen bastante poco que ver con las explicaciones del párrafo anterior.
 
Casi cualquier triunfo, por insignificante que se antoje, lleva consigo una serie de pequeños votos de incomodidad que, como el interés compuesto, se acumulan poco a poco sobre el anterior hasta que, en el largo plazo, proyectan al mundo resultados asombrosos. Veamos algunos ejemplos de todos los días:
 

    • Obtener un título universitario tiene mucho más que ver con años de asistir a clases, estudiando durante horas y con resignar salidas con amigos, que con una vocación allanadora del camino.
    • Una relación de pareja sana y duradera tiene muchas coincidencias y momentos amorosos, pero también conlleva muchos pequeños actos de paciencia y tolerancia.
    • Hablar en público con elocuencia se relaciona mucho más con las horas de práctica que dedicamos, con exponernos y con aprender a equivocarnos delante de varios pares de ojos, que con un talento innato para convencer y movilizar a través de la palabra.
    • Tener éxito como emprendedor tiene mucho de creatividad y trabajo duro, sí, como también de sostenernos al escuchar más “nos” que “sís” (y resistir los miedos que les siguen).

 
Por eso, en el largo plazo, resulta mucho más provechoso poner nuestras energías en las semillas que sembramos que en cuestionarnos el tipo de cosecha que venimos recogiendo. Porque, si ponemos el trabajo necesario, los resultados aparecerán. No es mero voluntarismo… es una regla infalible.
 
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¿Y cómo hago para sostener esa incomodidad? ¡Quiero herramientas!

La mayoría de las personas coinciden con este concepto incluso en estos tiempos de gratificación instantánea. Pero si es así… ¿qué les impide sostener esa incomodidad hasta alcanzar sus objetivos? En mi experiencia, el mayor error es pretender apoyarnos excesivamente en la fuerza de voluntad.
 
La ciencia ha comprobado que la voluntad funciona como un músculo: así como se desarrolla cuanto más se la ejercita, también tiende a agotarse si no le damos suficiente descanso. Por eso, resulta muy útil contar con otras estrategias que nos ofrezcan puntos de apoyo. Acá les comparto algunas:
 

    Tener una fuerte razón: todos conocemos a alguien que quería dejar de fumar sin demasiado éxito… hasta que le confirmaron que un bebé venía en camino. Mágicamente, de la noche a la mañana, ese hombre o esa mujer pudieron dejar el vicio. ¿Por qué? Porque tenían una razón lo suficientemente movilizante. ¿Tenés en claro qué razón te lleva a buscar lo que buscás?
    Valorar los pequeños avances: existe una teoría desarrollada en la Universidad de Harvard, llamada The Progress Theory o Teoría del Progreso, que plantea que las personas altamente motivadas son aquellas que valoran más los pequeños avances alcanzados diariamente que los grandes logros. Estos últimos nos entusiasman, claro, pero también son muy escasos. En cambio, podemos encontrar pequeñas victorias de forma cotidiana. ¿Cómo sería empezar a dar valor a los pequeños pasos que te acercan a tus objetivos?
    Llevar el control: desde la Edad de Piedra, nuestra mente se desarrolló con un sesgo de negatividad: ese rasgo que nos permitía detectar lo anómalo en una situación, para identificar rápidamente el peligro y salvar nuestra vida. La evolución cultural de nuestra especie ha sido sorprendente pero los tiempos de la evolución biológica son otros… y ese rasgo de negatividad persiste aun cuando casi no lo necesitamos. Tendemos a ver el vaso medio vacío y descartamos la mitad llena. Llevar un control escrito de nuestros avances nos permite lidiar con esta trampa y tener siempre a la mano lo bueno de cada situación.
    Confiar en el proceso: el crecimiento en cualquier ámbito es un proceso, no un acontecimiento. Confiemos en que los pequeños pasos se acumularán como el interés compuesto y, a la larga, nos reportarán los réditos que buscábamos. Si funciona para las finanzas… ¿por qué no para todo el resto?

 

 

 

66 Días Para Cambiar


A medida que pasa el tiempo, más me convenzo de que cuando deseamos cambiar algo en nuestra vida, dar el primer paso resulta de relativa importancia. Más importante es continuar caminando. Sostener, en otras palabras.
 
No pretendo cuestionar el valiosísimo hecho de comenzar. ¡Nada de eso! Lao-tsé sostuvo que “un viaje de mil millas comienza con el primer paso”. Es cierto, romper la inercia es complicado, tomar la decisión de cambiar de rumbo es fundamental, pero… ¿cuántas veces nos encontramos iniciando un cambio para, poco tiempo después, observarnos en el mismo punto de partida? Cuando empiezo el gimnasio, una dieta, cuando quiero cambiar algún hábito, ni hablar si me embarco en alguna misión transformacional que intente llevarme a mirar la vida de otro modo. Sí, el primer paso es importante, pero siento que la verdadera conquista está en seguir avanzando.
 
Según un estudio del London University College, en promedio las personas necesitamos sesenta y seis días de ejecución consciente para reemplazar una conducta por otra. Tenemos miles de automatismos y comportamientos que funcionan en total transparencia para nosotros y es gracias a ellos que operamos fluidamente, poniendo nuestra atención sólo en algunas cuestiones al día. Basta con observarnos al lavamos los dientes o al bañamos para darnos cuenta de que casi siempre lo hacemos siguiendo el mismo patrón.
 
Entonces, cuando tomamos la decisión de cambiar alguno de estos automatismos, necesitamos actuar de un modo distinto durante sesenta y seis días (sí, más de dos meses) hasta que esa nueva conducta se convierte en la nueva transparencia, en el nuevo “normal”.
 
¿Cómo puedo, entonces, emprender semejante desafío? Sesenta y seis días son mucho tiempo. La buena noticia es que, por abrumadora que parezca esta aventura, las personas tenemos mecanismos que nos asisten a transitarla exitosamente. Según la Teoría de las Pequeñas Victorias, publicada por la Harvard Business Review, pocas cosas tienen un impacto más alto en nuestra motivación que sentir que estamos progresando. Solemos creer que los grandes saltos son los que nos otorgan las mayores satisfacciones, pero esta teoría lo refuta y sostiene que en realidad a las personas nos deleita sentirnos más cerca de nuestros objetivos, sin importar cuan pequeños hayan sido nuestros avances. Pareciera ser que las pequeñas victorias no solo son más frecuentes y alcanzables, también saben mejor.
 
En este contexto, la manera más efectiva que conozco para sostener un proceso de cambio es el arcaico método de llevar el control en forma escrita. Tan simple como eso.
 
Llevar el control es una herramienta muy poderosa porque nos permite registrar nuestros progresos y conectarnos con la satisfacción que emana de ellos. Pero no es ese su único beneficio: cuando registramos nuestro grado de avance comienza a operar en nuestra mente lo que se conoce como “la lógica de la inversión”. ¿Inversión? ¡Exacto! Al ver que llevo invertidos 20, 25, 30 días en una tarea, es muy improbable que la abandone porque hacerlo implicaría echar por la borda tantos días de progreso. La meta comienza a verse más cerca y el camino recorrido se transforma en un motivo de orgullo que no deseo soltar. De esta manera, obtenemos un nuevo refuerzo para seguir andando.
 
Cuando hablamos de sostener cambios, entonces, pareciera ser que los métodos tradicionales siguen siendo los más efectivos. Papel, lápiz y voluntad de avanzar son tres de los principales ingredientes. No hace falta reinventar la rueda.
 
No nos olvidemos que un viaje de mil millas comienza con un primer paso, pero aún nos queda recorrer las mil millas… menos ese paso. No perdamos de vista el destino ni tampoco nos perdamos la oportunidad de disfrutar del camino.