La herramienta de productividad más eficaz y subestimada de todos los tiempos

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Si algo nos va a dejar la pandemia del COVID-19, una vez que las cosas vuelvan a la normalidad (o adopten una “nueva normalidad”), va a ser la certeza de que necesitamos actualizar nuestras formas de trabajar. Hacer convivir nuestras profesiones y empleos con la vida doméstica nos ha forzado a mutar de personas eficientes (en el mejor de los casos) a personas eficaces. ¿Cuál es la diferencia?
 
Eficiencia se asocia con la capacidad de hacer buen uso de los recursos que tenemos a disposición, desde una perspectiva de “más es mejor”. Es decir que si yo completo 240 tareas en un día estaré siendo muy eficiente y habré maximizado mi recurso “tiempo”.
 
Eficacia, por otra parte, está más vinculada a “lograr el efecto que se desea o se espera”, según el diccionario de la Real Academia Española. Esto sería que para lograr lo que busco ya no necesito aferrarme a la lógica de “más es mejor”. Se trata, más que de hace 240 cosas por día, de hacer las 8 o 10 cosas que realmente me mueven la aguja, que me acercan a mis objetivos.
 
Ser eficaces termina siendo mucho más importante que ser eficientes cuando tenemos objetivos profesionales que cumplir y, al mismo tiempo, necesitamos atender a nuestros hijos, velar porque la casa se mantenga en un mínimo estado de habitabilidad, ayudar a algún familiar para que no tenga que salir de su hogar y muchos etcéteras más.
 
La respuesta, entonces, ya no es hacer más, sino hacer mejor. Necesitamos aprender a ser más productivos.
 

Cualquier cosa, pero no todas las cosas

Una de las lecciones más valiosas que aprendí es que en la vida podemos hacer cualquier cosa, pero no podemos hacer todas las cosas. Normalmente queremos tener:
 

    + Exitosas carreras profesionales… y el dinero que traen aparejadas.
    + Una vida sentimental/sexual plena.
    + Relaciones sociales variadas y saludables.
    + Tiempo de ocio y de descanso.
    + Los abdominales de Cristiano Ronaldo.
    + Un profundo desarrollo emocional/espiritual.
    + Nuevas y emocionantes experiencias (muchas).

 
Y el mensaje que recibimos de la sociedad (y, ni hablar, de la publicidad) es que podemos y debemos aspirar a todo eso. Con menos que la plenitud en todos estos ámbitos, la vida no merece ser vivida. Y este es un mensaje que, a mi entender, solo nos puede conducir al desastre, a la decepción y a la frustración.
 
Por eso, necesitamos conocer nuestros objetivos y nuestras prioridades y así poder elegir esas cosas que más se alineen con nuestros valores. Porque podemos hacer cualquier cosa, pero no podemos hacer todas las cosas.
 

La herramienta que todos tenemos a nuestro alcance

Cuando tenemos claro qué es lo que realmente nos importa en la vida, todo se vuelve mucho más fácil: lo único que necesitamos es recurrir a esa herramienta de productividad que todos tenemos a mano pero a la que rara vez recurrimos: decir que no.
 
Ningún tip de productividad va a permitirnos dar un salto tan grande en la vida como tener el coraje de decir que no a aquellas cosas que no sean prioritarias, para tener tiempo de decir que sí a las que sí lo son. ¿Cuántas veces accedemos a un pedido de un colega porque nos resulta incómodo decirle que no podemos? ¿Cuántas veces nos sumamos a un compromiso social al que no queremos ir, pero no sabemos cómo rechazar? ¿Cuántas veces postergamos lo que nos importa porque no sabemos cómo detener la rueda frenética a la que estamos subidos? Todas estas situaciones tienen solución con solo gatillar el monosílabo “no”.
 
“Pero vos no entendés… me lo pidió mi jefe”. “Es que si no voy, no me van a invitar más”. “Para vos es fácil decirlo porque no tenés mis problemas”. No, no los tengo, pero tengo otros. Lo cierto es que nadie dijo que decir “no” carezca de efectos secundarios. Siempre pagamos un precio por decir que no, ya sea en términos de relaciones, en términos oportunidades no aprovechadas, en términos de dinero, también en términos de salud física y mental. Pero acá viene el quid de la cuestión, lo que pocos ven: siempre le estás diciendo que no a alguien. Cuando no se lo decís a otro, te lo decís a vos mismo… y eso también tiene un costo. La pregunta pasa a ser, entonces… ¿estás dispuesto a ser vos quien pague ese precio?
 

No te dispares en los pies

Empezar a decir que no a esas cosas que no son prioritarias requiere una alta cuota de coraje. Ese es el primer paso. Pero ser corajudo no es lo mismo que ser temerario. Una cosa es priorizar nuestros intereses y otra es pegarnos un tiro en los pies, especialmente si nos importa cuidar el vínculo con la persona que nos está pidiendo algo.
 
Para rechazar un pedido de un modo más suave, te recomiendo seguir esta estrategia:
 

    1. Escuchar atentamente a la solicitud que te están haciendo: lo mínimo que le debemos al otro es el respeto de escuchar lo que nos pide y tratar de entender sus razones.
    2. Decir que no: el paso más difícil y, a la vez, el más importante.
    3. Expresar nuestras razones: explicar por qué no podemos/queremos acceder a ese pedido.
    4. Ofrecer una alternativa: en caso de que no podamos, tal vez podamos hacerlo en otro momento. En caso de que no queramos, explicar por qué y, si nos parece, hacer una contrapropuesta más alineada con nuestros intereses.

 
¿Probaste alguna vez rechazar un pedido de esta forma? En mi experiencia, muy poca gente se lo toma a mal. Te invito a intentarlo.
 
Pero como escribía unos párrafos más arriba, necesitamos tener coraje. Y si la otra persona no entiende o no quiere entender nuestras razones, estar dispuestos a pagar el precio que conlleve. Al final de cuentas, cuando accedemos a algo que no queremos hacer el precio que pagamos es mucho mayor: el de haber comprometido nuestra propia dignidad, nuestro derecho a elegir libremente lo que queremos para nuestras vidas.
 
Una última consideración: reconocernos a nosotros mismos el derecho a ser los artífices de nuestras elecciones trae aparejado una especie de deber: así como yo tengo derecho a rechazar lo que otros me proponen, sería sensato reconocerles a los demás el derecho a rechazar mis propuestas. Lo que corre para mí, corre también para el resto. De este modo, no tengo dudas de que no solo vamos a llevar adelante una vida más libre y en línea con nuestros valores, sino también vínculos más sanos y respetuosos, en los que mis derechos terminan donde empiezan los del prójimo.
 

 

 

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