Los Logros y el Interés Compuesto

El concepto de interés compuesto es bien conocido por cualquier persona que alguna vez haya hecho una inversión, desde el modesto plazo fijo hasta las más complejas y arriesgadas. En el plano financiero, consiste en capitalizar los intereses de una inversión para que, a largo plazo, la misma resulte cada vez más rentable. Una lógica simple y poderosa que, sin embargo, rara vez aplicamos a otros ámbitos de la vida como el éxito profesional, el bienestar físico o la vida de pareja.
 
Normalmente, cuando nos encontramos con alguien cuyo éxito nos resulta admirable (o, digámoslo en voz baja, envidiable), valoramos únicamente los resultados que obtuvo y recurrimos a toda nuestra creatividad para explicarlos: que tuvo más suerte, que sus circunstancias eran más favorables o que, simplemente, salió más beneficiado en el reparto de talento. Todas razones tranquilizadoras pero, en los hechos comprobables, bastante “flojitas de papeles”.
 
Las apariencias rara vez nos muestran el verdadero entramado que se teje detrás de los acontecimientos y, mucho menos, de los logros. Por lo general, éstos tienen bastante poco que ver con las explicaciones del párrafo anterior.
 
Casi cualquier triunfo, por insignificante que se antoje, lleva consigo una serie de pequeños votos de incomodidad que, como el interés compuesto, se acumulan poco a poco sobre el anterior hasta que, en el largo plazo, proyectan al mundo resultados asombrosos. Veamos algunos ejemplos de todos los días:
 

    • Obtener un título universitario tiene mucho más que ver con años de asistir a clases, estudiando durante horas y con resignar salidas con amigos, que con una vocación allanadora del camino.
    • Una relación de pareja sana y duradera tiene muchas coincidencias y momentos amorosos, pero también conlleva muchos pequeños actos de paciencia y tolerancia.
    • Hablar en público con elocuencia se relaciona mucho más con las horas de práctica que dedicamos, con exponernos y con aprender a equivocarnos delante de varios pares de ojos, que con un talento innato para convencer y movilizar a través de la palabra.
    • Tener éxito como emprendedor tiene mucho de creatividad y trabajo duro, sí, como también de sostenernos al escuchar más “nos” que “sís” (y resistir los miedos que les siguen).

 
Por eso, en el largo plazo, resulta mucho más provechoso poner nuestras energías en las semillas que sembramos que en cuestionarnos el tipo de cosecha que venimos recogiendo. Porque, si ponemos el trabajo necesario, los resultados aparecerán. No es mero voluntarismo… es una regla infalible.
 
semillas
 

¿Y cómo hago para sostener esa incomodidad? ¡Quiero herramientas!

La mayoría de las personas coinciden con este concepto incluso en estos tiempos de gratificación instantánea. Pero si es así… ¿qué les impide sostener esa incomodidad hasta alcanzar sus objetivos? En mi experiencia, el mayor error es pretender apoyarnos excesivamente en la fuerza de voluntad.
 
La ciencia ha comprobado que la voluntad funciona como un músculo: así como se desarrolla cuanto más se la ejercita, también tiende a agotarse si no le damos suficiente descanso. Por eso, resulta muy útil contar con otras estrategias que nos ofrezcan puntos de apoyo. Acá les comparto algunas:
 

    Tener una fuerte razón: todos conocemos a alguien que quería dejar de fumar sin demasiado éxito… hasta que le confirmaron que un bebé venía en camino. Mágicamente, de la noche a la mañana, ese hombre o esa mujer pudieron dejar el vicio. ¿Por qué? Porque tenían una razón lo suficientemente movilizante. ¿Tenés en claro qué razón te lleva a buscar lo que buscás?
    Valorar los pequeños avances: existe una teoría desarrollada en la Universidad de Harvard, llamada The Progress Theory o Teoría del Progreso, que plantea que las personas altamente motivadas son aquellas que valoran más los pequeños avances alcanzados diariamente que los grandes logros. Estos últimos nos entusiasman, claro, pero también son muy escasos. En cambio, podemos encontrar pequeñas victorias de forma cotidiana. ¿Cómo sería empezar a dar valor a los pequeños pasos que te acercan a tus objetivos?
    Llevar el control: desde la Edad de Piedra, nuestra mente se desarrolló con un sesgo de negatividad: ese rasgo que nos permitía detectar lo anómalo en una situación, para identificar rápidamente el peligro y salvar nuestra vida. La evolución cultural de nuestra especie ha sido sorprendente pero los tiempos de la evolución biológica son otros… y ese rasgo de negatividad persiste aun cuando casi no lo necesitamos. Tendemos a ver el vaso medio vacío y descartamos la mitad llena. Llevar un control escrito de nuestros avances nos permite lidiar con esta trampa y tener siempre a la mano lo bueno de cada situación.
    Confiar en el proceso: el crecimiento en cualquier ámbito es un proceso, no un acontecimiento. Confiemos en que los pequeños pasos se acumularán como el interés compuesto y, a la larga, nos reportarán los réditos que buscábamos. Si funciona para las finanzas… ¿por qué no para todo el resto?

 

 

 

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