No Busques Más Tu Vocación

vocacion_2

“¿De verdad esto es todo lo que hay?”
 
Escucho esta pregunta casi tantas veces como me la hice a mí mismo durante la mayor parte de mi juventud. Ya se trate de jóvenes que recién comienzan en sus carreras como de adultos que acarician el medio siglo, parecería ser que una de las epidemias más extendidas y devastadoras de nuestro tiempo es el desencanto profesional.
 

El cuentito de moda…

Vivimos en el mundo de las historias. Casi todo el entramado social que nos rodea es un conjunto de cuentos que nos contamos los unos a los otros, tantas veces que dejamos de cuestionarnos si se trata de la realidad o sólo de una mera ilusión.
 
Y lo que creemos que un trabajo debería aportar a nuestras vidas también está condicionado por la época en que vivimos y por las historias del momento. ¿Acaso se imaginan a alguien buscando equilibrio trabajo-ocio en la Francia invadida por los Nazis?
 
Hoy en día, en cambio, sentimos que nuestro trabajo debería ser un espacio de autorrealización y de expresión de todos nuestros talentos… pero también debería pagar bien, permitirnos tener un equilibrio con nuestra vida personal que, por ejemplo, nos permita tomarnos vacaciones discrecionalmente para “ampliar nuestra mente” mientras recorremos el mundo y muchos etcéteras más.
 
Algo parecido nos contamos acerca de nuestros gustos profesionales, la famosa vocación, esa llamada divina que debería señalarnos inequívocamente qué marca estamos destinados a dejar en este mundo. Y ésta, en mi opinión, es la principal fuente de insatisfacción profesional que arruina los días de tanta gente capaz.
 

El lobo siempre será el malvado… si Caperucita es quien cuenta la historia.

¿De dónde sacamos ese cuento de que todos deberíamos tener una vocación? El problema de fondo no es la historia en sí misma. Nada tiene de malo expresar nuestros talentos, pretender trabajar sólo el tiempo necesario y tener una buena posición económica… y que todo esto venga también con disfrute. El problema está en que esas ambiciones no necesariamente son nuestras sino las de una sociedad de consumo que permanentemente nos está pasando un mensaje tan nocivo como nefasto: que podemos tenerlo todo. La vocación, por lo tanto, para la mayoría se manifiesta como el canto de una sirena, un sueño romántico nacido de ese relato que rara vez podemos alcanzar.
 
Porque la realidad, cruda en un principio pero tremendamente liberadora cuando nos amigamos con ella, es que no podemos tenerlo todo. Ni siquiera necesitamos tenerlo todo. Siempre que elegimos un camino, dejamos de lado otras posibilidades… y es propio de un adulto aceptar esta verdad.
 

Esa respuesta que acabará con el sufrimiento.

Cuando buscamos desesperadamente nuestra vocación, pretendemos encontrar una respuesta rápida, una solución de corto plazo, a un dilema de largo plazo. Porque, en realidad, las vocaciones no existen, son sólo un cuento más.
 
¿Te preguntaste alguna vez cómo manifestaba su vocación de analista programador una persona nacida en el año 1300? ¿O su vocación de jugador profesional de fútbol alguien que nació en el año 200 A.C? Sin embargo, estamos convencidos de que hay personas cuya vocación es esa… “Ya desde chiquito se notaba que la informática era lo suyo…” decía, orgullosa, la abuela.
 
Evidentemente, si las vocaciones estuviesen atadas a las actividades que definimos como trabajo, deberían ir apareciendo y desapareciendo a medida que cambia la demanda laboral. Hoy ya casi no tendrían que nacer personas con vocación de cartero, pero sería dable esperar que a nuestra prole se le despierten las vocaciones más originales y alineadas a trabajos que todavía no existen. ¡Qué perfecta que es la Naturaleza!
 

No busques más tu vocación.

La satisfacción laboral poco tiene que ver con una profesión o un oficio en particular. La pasión es el subproducto del sentido que vos le das a tu trabajo y el esmero que ponés en hacerlo lo mejor posible. Tiene que ver con el cómo más que con el qué.
 
Un trabajo con sentido tiene que cubrir ciertas necesidades básicas, claro que sí, pero sobre todo es un trabajo útil que sirve a alguien. Y en muchas organizaciones grandes, las personas pierden de vista la conexión entre sus tareas y el resultado final, el aporte o contribución que representan.
 
No te olvides de esto: un trabajo con sentido es ese en que ponemos nuestras habilidades para ofrecer algo de valor para alguien. No es una profesión, no es un título… ni siquiera es lo que obtenemos como contraprestación a eso que hacemos (dinero, prestigio, poder, etc).
 
Si conseguís vincular tu trabajo a las personas que se benefician con él y volcás lo mejor que tenés en esa actividad (capacidad organizativa, buen relacionamiento, creatividad, responsabilidad o lo que sea que te salga naturalmente), ya no vas a necesitar encontrar tu vocación. Porque te vas a dar cuenta de que cualquier lugar en el que estés puede ser un buen lugar, siempre que elijas verlo de esa manera.
 
Y si sentís que de todas formas necesitás un cambio, no busques qué hacer… enfócate en cómo lo hacés y el qué será la inevitable consecuencia. Que tu impronta sea la marca distintiva de tu trabajo, eso que te haga sentir orgullos@ de lo que hacés.
 

 

 

Cómo Ser Creíble En Público

 


 
Cuando hablamos en público, no hay nada más relevante que mostrarnos creíbles. La credibilidad que proyectamos determina el éxito o fracaso de nuestra presentación.
 
Y el ser creíbles, lejos de ser un concepto abstracto, puede desarrollarse y construirse a través de 4 estrategias:
 

    1. Conocer la Temática
    2. Manejar el Arsenal Comunicacional
    3. Controlar el Miedo Escénico
    4. Poner el foco en el Público

 
Si querés saber más seguinos en Twitter, Facebook o Instagram: @nabhenco
 

 

 

¿Cuánta Vida Te Roban Tus Distracciones?

lost_1
Desde hace cinco años facilito talleres de Gestión del Tiempo y Productividad Personal. Y desde hace cinco años vengo conociendo cada vez más personas que dicen no tener suficiente tiempo. Estarás pensando… ¿qué otra razón podrían tener para inscribirse en un taller así? Punto para vos, querido lector…
 
Pero te pido que me sigas unas líneas más para que pueda ampliar mi idea: lo que muchas personas no logran ver, antes de participar del taller, es que el tiempo es el mismo para todos: 24 horas. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Eso es lo paradójico de esta situación: nadie parece tener suficiente tiempo y, sin embargo, todos tenemos todo el tiempo que hay.
 
¿Cómo puede ser, entonces, que haya personas que llevan adelante vidas de su agrado y que cumplan sus objetivos, mientras que otras viven corriendo detrás de los pendientes y pasan sus días con la soga al cuello? La respuesta no está en las agujas del reloj (¡qué antigüedad!), sino en el contenido de nuestras horas. A veces, demasiadas veces, no tomamos dimensión de las actividades en las que se nos va la vida. Mirá estos datos:
 

    • En promedio, las personas pasamos 438.000 horas de vigilia durante toda nuestra vida. Si vivimos 75 años y dormimos 8 horas, este es el plazo en que tenemos “control” de nuestras actividades.
    • Según el Global Web Index, en Latinoamérica usamos Internet durante unas 7 horas y 45 minutos diarios (este valor contempla redes sociales, Whatsapp, YouTube, emails, navegar por la web). ¿Querés saber cuánta vida consumís usando Internet? Si empezamos a contar sólo desde la mayoría de edad (no sé si estaré siendo generoso o ingenuo), pasás el 36,81% de tu vida en la red. Leíste bien, más de un tercio de tu vida.
    • ¿Y cuánto tiempo usamos para transportarnos desde y hacia el trabajo? Si vivís en una gran ciudad, no sería descabellado pensar que pases 2 horas diarias en tu auto o en algún otro medio de transporte. Las cuentas son fáciles pero te las voy a ahorrar: 6,25% de la vida, de toda tu vida, transportándote al trabajo.
    “Pero no puedo evitar hacer esas cosas… uso Internet para trabajar y no puedo dejar de transportarme”. Otro punto para vos. ¿Pero cuánta vida te consume media hora diaria de mate o cafecito con tus amigos o colegas? Calculadora en mano… 2,38% de vida.

 
La idea de compatirte estos datos no es demonizar a estas actividades… ninguna de ellas es mala per sé. La idea es invitarte a pensar cuánta vida te roban tus distracciones. ¿Te animarías a calcular cuánta vida le regalás a Netflix?
 
Al final del camino, es todo una cuestión de conciencia. Cuando identifiques con claridad cuál es el costo de cada cosa que hacés, vas a poder evaluar mejor si esa actividad sigue teniendo sentido para vos. Y cuando descartes actividades cuyo precio – medido en vida – sea demasiado caro como para seguir pagando, aparecerán esos ratos libres que antes parecían no existir.
 

Y el primer paso es…

Las personas no podemos manejar el tiempo… corre sin pausa y no podemos detenerlo. Pero hay dos cosas que sí podemos manejar:
 

    • Nuestra energía física.
    • Nuestras tareas.

 
Hoy me gustaría abordar sólo una de las tantas distracciones que dificultan el crecimiento exponencial de nuestra productividad: cómo manejar las interrupciones.
 
Cualquiera que tenga un smartphone o que no trabaje confinado dentro de un búnker antiatómico a 300 metros de profundidad, sabe que las interrupciones son el primer gran enemigo de la productividad. No por nada solemos conseguir nuestro mayor rendimiento a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde… justamente cuando nos quedamos solos en el trabajo. Las interrupciones son inherentes a la interacción humana y, por suerte, existen. ¡Qué aburridos serían nuestros días si no los compartiésemos con otros colegas! Sin embargo, lo que podemos intentar hacer es minimizarlas. Veamos algunas estrategias:
 

    Silenciá todas las notificaciones de tu teléfono y guardalo en un cajón. El mundo no se termina si no respondés ese mensajito que acaba de llegar. Quedate tranquil@… si pasó algo realmente grave o un cliente quiere hacer un negocio de 10 millones de dólares con vos, van a encontrar la manera de ubicarte.
    Aprendé a decir que no. Existe mucho miedo detrás de este monosílabo. Muchas personas sienten tenerlo vedado. Mi recomendación es empezar a usarlo pero con suavidad: 1. escuchá atentamente a tu interlocutor, 2. decile que no, 3. explicale tus razones y 4. proponele una alternativa a su pedido. Te va a sorprender ver que la mayoría de las personas reacciona bien ante este tipo de “nos”. Y recordá que siempre le estás diciendo que no a alguien. Cuando no se lo decís a otro, te lo decís a vos mismo.
    Elegí de qué reuniones participás. ¿Quién no experimentó ese “¿Pero qué estoy haciendo metido acá?” durante una reunión de trabajo? Las reuniones nos permiten pensar juntos, encontrar soluciones creativas y hasta pasarla bien, pero en muchos trabajos se padece del síndrome de la reunionitis. Nos juntamos para hacer seguimiento del seguimiento del seguimiento de eso que dijimos que haríamos pero finalmente no hicimos porque necesitábamos reunirnos para definir qué hacer. Mi sugerencia: averiguá de antemano cuál es la agenda específica y qué se espera de cada participante. Si no están claras, buscá que lo estén o simplemente no asistas.

 
Te invito a poner en práctica estas estrategias y a tomar decisiones más conscientes sobre las actividades a las que les entregás tu tiempo. Porque, como me gusta decir en mis talleres, quien conquista su tiempo, conquista su vida. Y si se trata nuestra única vida… ¿por qué no intentarlo?
 
Si conocés a alguien a quien pueda servirle… ¡compartilo!